Existe una soledad particular que aparece después de ser madre. Una soledad que no tiene que ver con estar sola en casa (aunque a veces también), sino con sentirse profundamente incomprendida en lo que estás viviendo.

Es la soledad de las 3 de la mañana con un bebé que llora y no sabes por qué. La de sonreír en las fotos mientras por dentro te preguntas si estás haciéndolo bien. La de no poder decirle a nadie que a veces añoras la vida que tenías, porque da miedo que lo malinterpreten.

La brecha entre expectativa y realidad

Durante el embarazo, todo el mundo te habla del amor incondicional, de la conexión instantánea, de que "lo darías todo por él o ella". Y puede que así sea. Pero también puede que los primeros meses sean, simplemente, agotadores y desconcertantes.

Cuando la realidad no encaja con lo que te habían prometido, muchas mujeres concluyen que algo falla en ellas. Que son malas madres. Que no deberían sentirse así.

Pero sentirse sola, sobrepasada, o ambivalente en la maternidad no te convierte en mala madre. Te convierte en una madre humana.

La soledad que no se nombra

Una de las cosas que más me dice la gente en consulta es que no habían podido hablar de esto con nadie antes. Que les daba vergüenza, o miedo al juicio, o simplemente no encontraban las palabras.

Parte del trabajo terapéutico en estos casos es, precisamente, darle nombre a lo que está pasando. Porque cuando algo se puede nombrar, se puede sostener. Y cuando se puede sostener, se puede trabajar.

Cuándo buscar ayuda

Si llevas semanas sintiéndote así —desbordada, desconectada, sola aunque estés rodeada de gente—, no es necesario esperar a "tocar fondo". La terapia no es para cuando ya no puedes más. Es también para cuando quieres entenderte mejor antes de llegar a ese punto.

Escribirme no compromete a nada. Es solo empezar a hablar.

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