Perder a un padre o una madre cuando ya somos adultos tiene algo que no siempre se anticipa: nos confronta con una orfandad que creíamos haber dejado atrás.

No es la orfandad de la infancia, claro. Somos adultos, tenemos herramientas, tenemos nuestra propia vida construida. Y sin embargo, algo en nosotros se queda sin suelo.

La pérdida del testigo

Una de las cosas que más aparece en consulta cuando alguien está elaborando el duelo por un progenitor es la sensación de haber perdido al testigo principal de su historia.

Tu madre o tu padre —con todas las complejidades que esa relación haya tenido— eran probablemente la única persona que te conocía desde el principio. Que recordaba quién eras a los cinco años, que guardaba memorias de ti que tú mismo has olvidado.

Cuando esa persona se va, se va también una parte de tu historia que ya no tiene quién la sostenga.

Los duelos complicados

No todos los duelos por un progenitor son iguales. A veces la relación era cercana y amorosa, y la pérdida es, ante todo, una herida enorme de amor. Pero a veces la relación era difícil, distante, o marcada por el daño.

En esos casos, el duelo se complica de una manera particular: se pierde no solo a la persona, sino también la posibilidad de que las cosas hubieran podido ser diferentes. La muerte cierra la puerta a una conversación que quizás nunca llegó a ocurrir.

Qué puede ayudar

El duelo por un padre o una madre —sea cual sea la naturaleza de esa relación— merece un espacio donde poder desplegarse sin prisas. No hay una forma correcta de hacerlo ni un tiempo estipulado.

La terapia puede ofrecer ese espacio: un lugar donde poder hablar de la persona que se ha ido, de la relación que se tuvo, de lo que se echa de menos y también de lo que no.

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